miércoles, 18 de febrero de 2009

Unos 4 x 1200 indoloros.

Hoy he vuelto ha realizar una sesión en pista y con clavos. Desde hace unos días venia sintiendo unas molestias algo preocupantes en ambos tendones de Aquiles como consecuencia de entrenos anteriores similares, aunque con una carga menor. Todo esto me obligó a realizar las sesiones de calidad bien por bosque, a base de cambios de ritmo, o por césped.

4 x 1200 con una recuperación de 200 al trote. Tras colocar, días atrás, un alza en los talones y el respiro a las sesiones en pista, los 1200 han resultado bastante prometedores en cuanto al dolor. Es evidente, que se trata de unos tendones muy bregados y machacados, pero es grato comprobar como, a pesar de todo, aún aguantan ciertas dosis de carga y quejándose lo justo, y hoy, ni tan siquiera ha existido dicha queja.

3:52, 3:51, 3:42, 3:43 estos han sido los tiempos de ejecución en cada una de las repeticiones, si bien es cierto que iba realizando una ayuda en un entrenamiento, pero esto le da, a nivel personal, un mayor crédito. A pesar del transcurso del tiempo, compruebo que puedo realizar ciertas sesiones con un nivel de exigencia determinado.

Trás haber tenido que retrasar mi debut en unos campeonatos oficiales por circunstancias burocráticas y otros menesteres, parece que aún puedo encender ese poco de mecha que queda.

Una vez de vuelta para casa, mi pensamiento rondaba la posibilidad de que volviera a atacarme ese pequeño pinchazo constante que se venía produciendo días atrás, sin embargo, no ha sido así. En este momento, mientras veo House, trabajo en algunas planificaciones y hago un descanso actualizando este humilde blog, mis tendones se encuentran sin molestias, pinchazos o dolores extraños, por lo que puedo aventurar un reinicio progresivo de calidad en los entrenamientos.

Por cierto, ¿Qué haría House con mi proceso tendinoso?

A esto último no hagáis mucho caso, supongo que es una curiosidad personal inspirada por este momento.

lunes, 9 de febrero de 2009

Ya tenemos Club de Atletismo a pesar de todo...

Acabó el periplo burocrático, por fin hay un club de atletismo en San Martín de la Vega y no ha sido fácil. Desde el momento que la idea surgió por los caminos de la Vega, tuvimos claro que la cosa no iba a ser una aventura sencilla.

El primer obstáculo fue el nombre del club, algo tan simple, se complicó sobremanera, pues a pesar de la imaginación que uno pueda aplicarle, existe una probabilidad bastante cercana de coincidir con algún nombre ya existente, os lo aseguro. Al final y sumando la imaginación y ganas de todos los fundadores conseguimos un nombre que nos dijera algo.

En el idioma griego existen dos palabras para carrera: dromos y agona. La primera se refiere exclusivamente a las competencias atléticas griegas (olimpiadas).

" Se levantó al instante el veloz Ajax, luego Odiseo y por fin Antioco, hijo de Néstor, que vencer solía. Alineados quedaron, y fue Quiles quien indicó la meta. Sin tardanza, el hijo de Olieo fue delante de todos los demás, pero Odiseo lo seguía de cerca, cuanto dista del pecho de quien hila el uso, y gira para envolver el hilo junto al seno ... " (Homero, La Ilíada)

Fue la carrera, con que tanto conocimiento y experiencia narra Homero en La Ilíada, una de las grandes aficiones de los griegos, hasta el punto de que era la única disciplina practicada en las más primitivas olimpíadas de las que se tiene noticia (año 776 a. de C.). Entonces los juegos sólo duraban un día y era la carrera (dromos) en torno al estadio, con una distancia de 192,27 metros, el plato fuerte del día.

Pues si compañeros, nuestro Club al final lo nombramos DROMOS en honor a aquella mítica carrera griega. Muchos nos dicen que es un nombre que no dice nada sobre nuestra localidad, sin embargo, creemos que si dice lo bastante sobre el espíritu atlético.

Tras algunos problemas con los estatutos, y después de un mes y medio de espera, recibimos el número de registro de la Comunidad de Madrid, papeles y papeles, actas, solicitudes, fotocopias, pero como buenos corredores de fondo llegamos con reservas para afrontar la siguiente etapa.

Hacienda, nuestra “querida y melancólica” hacienda. No había acabado todo, ahora tocaba la solicitud del CIF. Pelea con el formulario 036, del cual solo entendíamos el número, es decir el 036. Toda una mañana de gestiones, de subidas y bajadas de escalera. Esa mañana no entrené, pero como si lo hubiera hecho, los glúteos trabajaron de lo lindo. Al final, un pequeño enfrentamiento con la funcionaria de turno, una de esas funcionarias que piensan que todos aquellos que pasamos por el otro lado de la ventanilla debemos y tenemos la obligación de conocer los trámites por ciencia infusa. Piden lo que no pedían y lo que pedían ya no lo piden, una paradoja bastante usual en nuestra administración y su entramado burocrático.

Conseguimos el CIF, a pesar de todo, la cosa parecía ponerse seria. Para nuestra desgracia no podemos optar a las subvenciones de este año por parte de la Comunidad, un pequeño detalle en las bases nos lo impide. Necesitamos un año de antigüedad en el registro. Así que nuestra opción, en ese punto, es el ayuntamiento de nuestro municipio.

Así que a registrar el Club en el ayuntamiento. Aquello que parecía ser lo más simple, nos dio muchos mas problemas. La multitud de papeleo que nos pedían era desorbitada. Mas estatutos, mas fotocopias, certificados, actas, identificaciones, en fin, faltaron las escrituras de nuestros respectivos pisos.

Tras tres días de gestiones y a base de cabezonería nos dieron el registro municipal. Por fin somos un club como es debido. No ha sido fácil, la verdad. Se quiere ejercer demasiado control sobre las cosas por parte del sistema y al final el sistema falla por donde menos se lo espera y de forma descomunal.

Sinceramente, creo que las cosas se pueden hacer mas simplificadas, y no por eso ser menos efectivas o estables o confiables. Demasiada burocracia, excesiva, en pleno siglo XXI seguimos con el “Vuelva usted mañana”, ese que te hace sentir como en uno de los relatos de Germán List Arzubide como un personaje ingenuo e inocente que es incapaz de comprender las circunstancias que le rodean.

Y ahora lo patrocinios, que Dios, si existe, nos asista.

FUERZA Y HONOR para el Club de Atletismo DROMOS.

jueves, 22 de enero de 2009

Mis primeras series en "La Tapia"


Hace ya mucho tiempo que realice mis primeras series, aunque no se si realmente considerarlas como tal. Lo cierto es, que los cambios de ritmo eran constantes y todo ello sin darme cuenta apenas.

Era finales de los 60 y mi padre, como era costumbre todos los domingos, me llevaba en su antiguo citroen dos caballos a lo que hoy conocemos como “La Tapia”. Recuerdo que por aquellos tiempos no era una zona tan concurrida por corredores y atletas como ahora. Pasábamos con el coche al otro lado de la enigmática muralla, a una zona, que si mal no recuerdo, era bastante transitada por gentes a caballo.

Era una pradera enorme, llana y con matorrales dispersados por su terreno de forma caprichosa y aleatoria, en el horizonte no se divisaba apenas ninguna construcción, algo, que hoy, no ocurre, bien lo sabéis los que acostumbráis a realizar vuestros rodajes por esa zona. Mi padre sacaba del maletero sus herramientas, un cubo y algunos trapos y se disponía a realizar su bricolaje automovilístico de los domingos. Mientras, el balón de baloncesto, que siempre aparecía de forma sorpresiva ante mi, era abandonado al lado de una rueda de mi amigo, el citroen dos caballos (algún día explicaré esta extraña amistad).

Lo mío era corretear por aquella pradera inmensa, sortear matorrales, intentar alcanzar aquel horizonte limpio. Y allí, tras “La Tapia” de la Casa de Campo, inicie mis primeros entrenamientos de calidad, sin saberlo, poco a poco, domingo a domingo, intentaba llegar un poco más lejos, intentaba recorrer aquella pradera en su totalidad, hasta que “La Tapia” no pudiera alcanzarme. Mi padre me observaba, y a veces, tras su rostro serio y cansado, a pesar de su juventud, se vislumbraba una ligera sonrisa. No, yo no quería jugar al baloncesto, muy a su pesar, su hijo jamás seguiría la tradición paterna, de hecho la propia genética había decidido ya por mí.

Mi abuelo 2,02, mi padre 1,93 y el que escribe estas líneas, ya crecido, 1,80. La progresión inversa en la herencia de centímetros era evidente y esto parecía asumirlo mi padre con cierta benevolencia. Pero aquella falta de interés por realizar piruetas con cualquier elemento esférico era suplida por una gran energía para correr. Correr no me aburría, correr me divertía y en aquel prado detrás de “La Tapia” todos los domingos, realizaba mis primeras series. Con un jersey amplio, unos calcetines hasta la rodilla y unos zapatos bastante lejanos a las zapatillas técnicas de la actualidad, recorría una y otra vez los diversos caminos de aquel prado.

Nunca conté el tiempo que llegue a correr sin parar, sin realizar una recuperación, pero en mi concepto infantil, creía que parar era parecido a rendirme, a fracasar en el intento de llegar a aquel horizonte.

Cuando paso por el camino de “La Tapia” recuerdo aquellos domingos, y aún, a veces, sigo intentando alcanzar aquel horizonte tras dicha pared, hoy no tan limpio. No obstante tendré que dar las gracias, algún día, a mi padre, por guardar todos los domingos el balón en el maletero, mirar mi pequeño cuerpo por aquel prado y volver a sus tareas con el citroen dos caballos.

Siempre recordaré la misma pregunta de vuelta a casa.

¿Has ganado hoy?
Aún no padre, aun sigo corriendo en mi memoria por aquel prado, aun sigo día a día compitiendo contra mi mismo.

Fueron mis primeras series y yo sin saberlo.